¿Qué es la identidad digital y cómo nos afecta?

La identidad digital consiste básicamente en una serie de datos que identifican a una única persona, y que contienen información sobre su relación con empresas y su comportamiento en la red.

El problema se origina cuando hay que establecer la conexión entre la identidad digital y la identidad física de la persona, sobre todo con la finalidad de prevenir fraudes online. La validación de esta identidad digital, es decir, que la persona sea quien dice ser, requiere bien que alguien la valide de forma manual, bien que haya un sistema automático de verificación de la identidad online asociado al proceso.

La seguridad de esta identidad se establece durante el proceso de registro y autenticación, ya sea por ejemplo a la hora de comprar en un e-commerce, al reservar un vuelo o al hacer una transacción en nuestra banca online.

La identidad digital se basa en tres factores: la verificación de la identidad, los datos personales, y la autenticación.

Por ejemplo, para un usuario es clave tener la seguridad de que los datos personales que ha proporcionado están a salvo, y que no podrá acceder a ellos ninguna persona no autorizada. Para la empresa, es fundamental poder garantizar que los datos son reales, es decir, que la persona es quien dice ser cuando se registra, que se almacenen los datos personales de forma segura, y que pueda verificar la identidad en accesos posteriores de la persona a su cuenta para que no se produzca una suplantación de identidad.

Es cierto que hay sectores más sensibles que otros al uso de la identidad digital, como por ejemplo el financiero y bancario, la sanidad o los e-commerce. Pero la seguridad de los datos es cada vez más importante para los usuarios en cualquier transacción, por lo que cualquier empresa debería tener en mente la aplicación de sistemas de verificación de la identidad digital.

Los datos son significativos: en el 2014, los datos registrados de más de 900 millones de consumidores estuvieron comprometidos.

Así, podemos afirmar que la identidad digital ha llegado a suponer un elemento indisoluble de la vida de una persona. Pero la conexión entre nuestra identidad digital y física a menudo no es fácil de establecer, con el consecuente perjuicio tanto para la persona como para las empresas. No en vano la suplantación de identidad online es cada vez más frecuente. Por ello, los consumidores tienden cada vez más a valorar la confianza y la seguridad de los datos que les ofrecen las empresas online.